El regalo de dos abortos para empezar a cuidarme yo

Por: Natalia (Spain)

Tenía 36 años. Desde hacía unos ocho trabajaba en una compañía de teatro clásico donde, además de ser actriz, me encargaba de labores de gestión. También llevaba más de quince años dando clases particulares de inglés, de casa en casa. Y tenía la suerte de que surgiera algún que otro rodaje en la tele. No paraba. Hacía malabares para estar al día en el pago de las facturas junto con mi pareja, que era pintor y profesor de artes marciales.

Siempre estaba liada en algún proyecto y no me parecía el momento adecuado para tener un bebé. Nunca es el mejor momento, realmente. Pero decidí que ya tocaba pensar en la maternidad. Y a ello que nos pusimos mi pareja y yo.

Dejé de tomar la píldora y en unos seis meses me quedé embarazada. Esa alegría inmensa de sentir un universo entero creciendo en mi vientre se desvaneció. Empecé a manchar y el embrión dejó de latir a las seis semanas. El médico nos recomendó esperar unos meses para volver a intentarlo, pero no hicimos caso. Yo quería imperiosamente quedarme embarazada, y a los dos meses un nuevo embrioncillo latía dentro de mí. A los pocos días de nuevo la mancha fatídica en mi ropa interior. Reposo absoluto, miedo, ansiedad… Finalmente, también perdí ese embrión, a las ocho semanas, y fue necesario un legrado del que desperté sola, temblando y llorando, suplicando a una enfermera que me agarrara la mano un rato. Había tenido dos abortos espontáneos.

Y empezó un calvario de varios meses en los que no salía de la tristeza. Y de la rabia también cuando alguien me decía: “no pasa nada, es normal tener algún aborto”. Que sea frecuente no lo hace menos doloroso. Con cada embrión se me había ido la posibilidad de todo un futuro. No soportaba que se despreciara así mi duelo.

De lo que empecé a ser consciente era del ritmo acelerado de mi vida. Me escudaba en que eso no era estrés porque trabajaba en cosas que me gustaban mucho y eso realmente es una trampa: el exceso de trabajo lo es, aunque te encante lo que haces.

Dejé la compañía de teatro, reduje el número de clases e hice lo que creo que hay que hacer siempre que la vida nos pone delante un obstáculo, del tipo que sea: me centré en mí. Empecé a cuidarme, a observarme, a conocerme.

Recordé a una mujer que me habían presentado un año antes. Daba yoga solo para mujeres, enfocándose en esas dificultades propias de nuestro aparato reproductor: quistes, tumores, abortos, infertilidad, reglas abundantes y dolorosas…

Empecé a cuidar mi alimentación, fui a una reflexóloga, establecí una rutina casi diaria en la que respiraba, hacía yoga y meditaba cantando mantras (adoro cantar).

Entendí que fuese cual fuese mi estilo de vida, mis responsabilidades, mis obligaciones, mis objetivos… ninguno es tan importante como el trato que me dé a mí misma. Y, seamos honestas, es posible encontrar ese momento diario para nosotras, o cambiar ciertos hábitos por otros más saludables (de a poquito, un hábito nuevo cada vez).

A los siete meses me quedé embarazada. Mantuve todos esos cuidados. Y todo fue bien. Mi hijo, Max, está a punto de cumplir doce años.

Pero debo añadir algo más que descubrí. Creo que hay cosas que, por mucho que nos cuidemos física y emocionalmente, no podremos evitar. Hay dificultades que necesitamos atravesar para crecer. Así que, más que cuidarnos para “evitar” los problemas, creo que consiste en cuidarnos para estar preparadas ante los inevitables problemas. Porque hay obstáculos que nos traen una información que debemos procesar y sobre la que, sin ese problema, sería muy difícil poner consciencia.

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