Un infarto me enseñó la esencia del ser

Por: Sara Dobarro

Aprender, entender y comunicar es mi pasión. Es mi vida. Creí entender la comunicación y el sentido de la vida hasta que un buen día mi corazón se paró. El 24 de marzo de 2019, en el transcurso de una comida familiar de un plácido domingo, rodeada de amor, me dio un infarto.

. -!Se nos va!! Entra en fibrilación ventricular, escucho al Dr. Jiménez que alerta al hemodinamista que me operaba, el Dr. Simó.

El infarto con tres paradas cardiacas y sus correspondientes descargas eléctricas (desfibrilaciones) hizo que todos mis pensamientos se frenasen y viviese con plena atención el desdoblamiento de mi ser en cuerpo y alma.

Mientras mi corazón estaba parado, mi cerebro quedó consciente registrando todo lo que ocurría en el quirófano y en mi cuerpo y al mismo tiempo la experiencia cercana a la muerte de estar al otro lado. Un sitio con mucha paz, donde pude percibir la comunicación y el acercamiento de seres amables. Los cinco sentidos que aquí utilizamos no funcionan en la otra vida: sientes de forma telepática. Cuando esos seres amables que me acompañaban se aproximaron intuí que eran mi padre y mi madrina, fallecidos recientemente. Ellos fueron los que me ayudaron a regresar a mi cuerpo.

Al tiempo, veía el quirófano y cómo me chispaban, mientras mi cuerpo saltaba por los aires como un trapo. Sentía el dolor infernal, quemazón y como latigazos por las desfibrilaciones. Mientras podía escuchar y memorizar las conversaciones de los médicos que me atendían. El cerebro que había cautivado mi atención como neurocientífica, con su maestría de manejar la comunicación con el interior y exterior de mi ser, fue el que me hizo comprender que sin su coordinación con el corazón no es posible la vida.

Desde entonces, mi trabajo se centró en conocer mejor el funcionamiento de mi corazón y entrar en el programa de Rehabilitación Cardiaca de Aragón. Aprendí a llevar una vida cardiosaludable, a incorporar a mi vida nuevos hábitos, como caminar de 8 a 10 kilómetros al día, llevar una alimentación sana y a compartir las experiencias con otros compañeros infartados. Nos enseñaron que éramos unos privilegiados porque de cada 10 personas que infartamos, 8 no llegan vivos al hospital.

Este privilegio me hizo comprender que para vivir en armonía necesitamos tener el cerebro y el corazón en eje y pude mejorar así la metodología que creé “método mSD” para sacar mayor potencial al cerebro. Esta experiencia “extraordinaria” de amor a la vida me ayudó a comprender quién soy, qué hay detrás de la vida y ayudar a las demás personas a entenderse, siempre con el máximo respeto y cariño, porque todos somos únicos y cada vida tiene un sentido. Es a lo que me dedico profesionalmente, en Zaragoza.

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