Vencer el Linfoma de Hodgkin me empoderó

Por: Dacil Acosta (Inglaterra)

El lunes 29 de enero del 2018 estaba muy contenta conmigo misma. Acababa de acostar a mi hija de 16 meses para su siesta y estaba manteniendo mi promesa de año nuevo de hacer yoga en la cocina mientras ella dormía. Me tumbé boca abajo en la colchoneta de yoga, estiré los brazos hacia arriba y, según arqueé mi espalda y cuello, noté un bulto grande detrás de mí clavícula derecha. No me dolía y, después de tocarlo un poco, seguí con mi yoga, completamente tranquila e inconsciente de cómo mi vida iba a cambiar para siempre.

El martes por la mañana reparé en que quizás debería ir al médico a que me examinaran aquel bulto. Así hice. El médico me aseguró que era muy común tener ganglios linfáticos inflamados durante los meses de invierno, pero, como vio que mostraba mucho interés en que me realizaran pruebas, accedió a hacerme una analítica. Aunque verdaderamente yo no pensaba que tendría nada malo, consideré que era mejor conocer qué ocurría. Yo era el tipo de mujer segura que había crecido con la creencia de que podía afrontar mis problemas de cara: con determinación, trabajo duro, esfuerzo y perseverancia podía resolver cualquier cosa.

Dos semanas más tarde me habían realizado muchas pruebas, incluyendo una radiografía, un TAC, una ecografía y más analíticas. Estaba sentada en el despacho de mi hematólogo, quien me decía que habían encontrado un tumor de 9cm en mi pecho y que había varios tumores más pequeños en cada lado de mi cuello. Me dijo que necesitaría una biopsia y un PET TAC para determinar si tenía un cáncer en Estadio II o si podía tener más metástasis. Me sentía completamente en shock. ¿Cómo podía ser? Me sentía perfectamente. ¿Estaba el médico seguro de no confundirme con otro paciente? Claro que me había estado sintiendo muy cansada desde tiempo atrás, pero ¡dime a mí qué madre de niños de 1 y 3 años no lo está!

Cuando llegaron los resultados indicando que tenía un linfoma de hodgkin en Estadio II, sentí muchísimas emociones. Como me había imaginado lo peor, mi reacción inicial fue de alivio. Sí, tenía por delante 6 meses de quimio (era un tipo de célula agresiva), y posiblemente después 2 meses de radioterapia si mi cuerpo no respondía bien, pero era curable.

Luego vino el miedo, visceral, petrificante … ¿y si no lo supero? Después del shock inicial, me di cuenta de que posiblemente podría aceptar morirme joven. Al fin y al cabo, a los 38 años, había tenido una vida muy plena y estupenda. Pero, y esto era un PERO enorme, sencillamente no podía dejar a mis hijas. Sólo pensar en que mis hijas podrían crecer sin mí, su madre, y que serían demasiado jóvenes para acordarse de mí, de cómo era, de cuánto las quiero… era imposible. Quería despertarme de esta auténtica pesadilla. Quería fingir que nada había pasado, que todo era como antes. ¿A lo mejor si no hubiera insistido en hacerse esas pruebas, esto hubiese desaparecido por sí solo?
Me costó muchos meses de meditación, examen de conciencia, shiatsu, lectura, dieta especial, yoga, y conversaciones con la familia y amigos, darme cuenta de que debía bajar la guardia, dejar de luchar contra mi realidad actual y realmente aceptar la situación. Fue un proceso duro, sobre todo para alguien como yo, quien quiere tener todo controlado y piensa que todo se puede resolver “trabajando duro». Aprendí que aceptar la realidad no es lo mismo que “rendirse” o “tirar la toalla.” Durante todo el proceso, estuve convencida de que superaría esto, de que vería a mis hijas crecer. Lograr dejar de luchar por la situación y aceptar mi realidad fue una experiencia liberadora. Me trajo muchísima serenidad, tanta como nunca antes había sentido. Me di cuenta de que tenía mucha más energía positiva, y que la podía enfocar en mi recuperación y en apreciar todo lo bonito a mi alrededor.

Dos años después de finalizar mi tratamiento, estoy agradecida por haber tenido esta vivencia. La frase dice: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que sí puedo y sabiduría para reconocer la diferencia.”. Esto fue lo que aprendí gracias a mi experiencia con el cáncer.

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